Imagen: Celicia Levy. Misty Morning. Flickr.IIILa gente de la isla tiene costumbres extrañas.
Como todos tenemos costumbres extrañas.
Si alguien hace algo diferente a cómo yo lo hago, me parece extraño.
Cuando yo era pequeña la gente me decía - niña, hablas extraño.
Otros pensaban - esta niña es extraña.
Para entonces yo no me sentía extraña.
En consecuencia no tenía problemas conmigo misma.
Pero en la medida en que uno va creciendo junto al sin fin de cosas que integran la vida comienza un viaje hacia lo extraño.
Es inevitable.
Y aún más inevitable es extrañarse de uno mismo dentro de ese abismo frenético,
dentro de esa vorágine de cosas que se mueven en la gama de lo bueno y lo malo.
En la casa tu madre te dice lo que es bueno y lo que es malo.
En el colegio las monjas te dicen lo que es bueno y lo que es malo.
Tus amigos te dicen lo que es bueno y lo que es malo.
La tele te dice lo que es bueno y lo que es malo.
Normalmente los “buenos” de algunos no coinciden con los “buenos” de otros.
Lo mismo sucede con los “malos”.
Es ahí cuando decides que te llegó la hora a ti también de decidir, convencer y sermonear acerca de lo “bueno” y lo “malo”.
Y cuando te das cuenta has pasado muchos años, muchas mañanas, noches, domingos, libros, programas, amigos, misas y confesiones, discutiendo, decidiendo y cambiando lo que es bueno y lo que es malo.
Y entonces ya no te extrañas de ti misma.
Simplemente te extrañas a ti.
..........................
IV
La gente de la isla no se extraña de sí misma.
Tampoco se extrañan a ellos.
Esto por varias razones.
Especialmente porque nunca salen de sí.
Yo crecí rodeada de gente de la isla.
Para mí siempre fue fácil saber quién era isleño.
En primer lugar por el físico.
Casi todos son iguales.
Son altos, curtidos y tienen las manos grandes.
Todos tienen la misma cadencia al hablar.
Hablan como quien arrastra los zapatos pero odian que uno arrastre los pies.
(Ellos a veces lo hacen).
Casi todos trabajan mucho (siempre hay una que otra oveja negra) y por su familia lo dan todo.
La mayoría se casó temprano.
Claro que los isleños también se diferencian entre ellos.
Para esto hay varios criterios, así cómo los hay para lo bueno y lo malo.
Por ejemplo, uno de los aspectos que marca la diferencia es la zona de origen.
Si eres del norte eres borrico, tonto e ingenuo, y por ello, punto de partida de muchos chistes populares.
Si eres del sur eres dicharachero, fiestero y mujeriego.
Los del centro son muy conservadores pero tienen una gran habilidad para engañar.
(También para los negocios).
Los que viven en el área montañosa son como niños pero además hacen un buen queso.
Todos los isleños cuentan chistes. Chistes picantes.
Las mujeres cambian según la generación a la que pertenezcan.
Si son abuelas o bisabuelas, es decir, las que pertenecen a la última guerra civil, están vestidas de negro de pies a cabeza, desde que se les murió el primer deudo, no importa que fuese el primo décimo tercero que nunca conocieron.
Eso les añade veinte años más a los que realmente tienen.
Todas se visten igual.
En la cabeza una pañoleta negra que cubre el cabello y se ata al cuello.
El vestido negro está acompañado por medias opacas negras y zapatillas del mismo color.
Tino dice que cuando las abuelas bajan al mercado del pueblo para comprar verdura fresca parecen hormigas.
Sí, porque igual que las hormigas, se paran momentáneamente cuando se encuentran de frente, se reconocen y siguen su camino.
Si están peleadas hacen lo mismo, sólo que en lugar de mirarse a los ojos (o chocar antenas) se detienen para mirar la carga ajena y chasquear la lengua.
Estas abuelas y bisabuelas bélicas, además de hormigas, parecen peras amorfas porque debajo del vestido llevan al menos siete fondos (también negros).
Esto las hace más gordas de lo que son en realidad y cuando vienen del mercado, con una bolsa repleta a cada lado, de la cintura hacia arriba son delgadas y de la cintura hacia bajo son gordísimas.
La impresión que da es que alguien les hubiera puesto un lente de aumento en las caderas.
Las isleñas de la montaña son blancas, muy blancas, tienen las caderas ancha y el cabello negro y un vello igual de negro y abundante, especialmente en los brazos y en el bigote.
Algunas son gordas y risueñas.
Las isleñas de la costa son cetrinas, elásticas y delgadas.
Y desconfiadas.
Todas las mujeres de la isla tienen gustos similares.
Les gusta mucho el oro.
Pero no las joyas rotundas y majestuosas.
Les gusta el trabajo delicado, casi artesanal.
Una bonita medalla de la Virgen o de un niño Jesús regordete rodeado de palomitas.
(Essúminiiiño…)
Adoran el trabajo de orfebrería, el tejido de la joya preferiblemente de cadeneta, igual al que ellas hacen de crochet.
Usan pulseras y anillos.
Mejor si tienen piedras, sobre todo si se trata de granate.
Las mujeres de la guerra no usan joyas porque están de luto pero sus hijas sí.
Las hijas de las mujeres de la guerra son las mujeres del dictador.
Con cada generación el luto se rebaja un grado, dependiendo del carácter de la persona y de su posición social, así que algunas llevan medio luto y otras no lo llevan.
Todas usan joyas y perfumes con aroma a flores de lavanda, de rosas o de jazmín.
A mí me olían a piña de pino...