1.12.08

Jelly Beans II







Toasted Marshmallows

Las chimeneas son para el amor.

Unos
tuestan malvaviscos
en el fuego.

Beben chocolate caliente.

Se tocan bajo las mantas.

Otros
quemamos
viejas cartas.

Fotos.

Poemas.

Promesas vacuas.

Y miramos las llamas

fijamente

para no llorar.



Jalapeño

Yo sólo quería borrar su sabor de mi boca.

Eso fue lo que contestó cuando le pidieron un por qué.

Nadie la entendió.

(Perdió el dominio de su lengua).

Hinchada.

Ampollada.

Quemada.

Dos kilos de guindillas surtidas después,

todo seguía igual.

Lo que fue

sobrevivía

tercamente

en sus papilas gustativas.



Margarita

Maldijo su nombre

al ritmo de una ranchera.

Pensó en decírselo a la cara.

Echó mano de un litro tequila reposado.

Se lo bebió completo.

Quiso entonces marcar su número

para gritar su desamor.

No pudo.

Cada vez que sus dedos

intentaban pulsar las teclas

topaban contra el vidrio.

Estaba atrapado dentro de la botella.

27.11.08

run, honey, run...

Para Sylvie

Esta es la historia de una sonrisa que se convirtió en maratonista.
Y quien dice maratonista dice poco.
Porque la sonrisa es hoy por hoy una atleta integral.
Reina de los catorce picos.
As del rappel.
Triatlonista furibunda.
Ella puede con todo.

(Hace poco, se encontró en una playa una palmera derribada.
Cogió el tronco, lo alzó sobre su hombro, despegó en carrerilla y lo clavó en la arena.
Tras el impulso saltó, tomó altura, voló, hizo dos tirabuzones en el aire y volvió a tierra certera y tiesa como una estaca.
Sin perder un segundo recuperó la palmera y la lanzó al mar como una jabalina.
No dejó que tocara el agua.
Nadó veloz a recogerla y la trajo de vuelta como hacen los chuchos cuando alguien les lanza una ramita).

No siempre fue así.
Hubo un tiempo en que trabajaba sentada en una silla frente al ordenador.

Una tarde la asaltó un pellizco molesto.
Miró hacia el dolor.
Una hormiga muy grande y muy roja se cebaba con su dedo gordo.
Llevaba botas de goma pero aún así la podía ver.

(Le preguntó a su compañera ¿has visto que hormiga tan rara me pica el dedo?
La compañera contestó sin mirar: cambia de camello, tía. O mejor, dame su número…).

La sonrisa vio con pánico cómo una marabunta de hormigas subía por su cuerpo.

(Primero debajo de su ropa y luego debajo de la piel).

Comenzó a moverse como una posesa.
Pero nada la libraba de las hormigas.

Stress, sentenció el médico.
Le recetó unas pastillitas azules que lejos de calmarla intensificaron su frenesí.

Las hormigas crecieron y se convirtieron en chicharras.

La sonrisa iba de un lado a otro con su orquesta zumbadora.

El médico cambió las pastillitas azules por ejercicio físico.

Tienes mucha energía que canalizar. Haz un deporte que te guste.

Así que comenzó a correr.

Cuando se sintió lista hizo su primer maratón.

Llegó en los últimos lugares pero completó la distancia.

Completar un maratón le sabía a poco.

Quería ganar.

Al menos una vez.

Pidió un préstamo gordo al banco y contrató al mejor entrenador del mundo mundial.

(Hacía todo lo que el trainer le decía. Para ello primero tuvo que estudiar swahili porque era de Tanzania y no hablaba sino eso: swahili).

Dos años después (uno estudiando y otro entrenando) la sonrisa había mejorado pero no lograba entrar en los primeros diez mejores tiempos.

Por fin llegó el día de la carrera.

El trainer, que corría en la masculina, le deseó suerte y se fue a paso ligero.

Sonó la partida y la sonrisa comenzó a correr.

Llevaba buen ritmo pero la frustración era una enredadera que se pegaba silenciosamente en las paredes de su estómago.

A mayor territorio conquistado por la impotencia, más lentas se volvían sus piernas.

Estaba a punto de tirar la toalla cuando a lo lejos vio un camión.

Algo mágico sucedió en su cuerpo.

La enredadera se disolvió y sus piernas se convirtieron en las de un avestruz.

Corrió sin esfuerzo.

El pelotón jadeaba y ella cantaba.

Fue recortando distancia y tiempo sin despeinarse.

Dejó atrás a su entrenador tanzano que abrió los ojos asombrado para luego aplaudir contento.

La sonrisa fue la primera en llegar a la meta.

(Pisó la raya y un centenar de cáscaras de chicharras secas cayó en el asfalto).

Pero no paró.

Corrió, corrió, corrió.

Diez horas después seguía corriendo.

Como la ropa le rozaba se la quitó en el camino.

Al día siguiente la prensa reseñaba su hazaña:

"Nuevo récord en el maratón de Nueva York. La ganadora, que pulverizó los tiempos precedentes, no se detuvo. Cruzó tres estados persiguiendo a un camión de Omaha Steaks. El acto de premiación se posterga para la semana que viene".


La sonrisa usó parte del premio para pagar el pasaje de regreso al trainer.

Lo despidió en perfecto swahili y contrató a un transportista de carne para entrenar.

Desde entonces es vegetariana y nudista.

E imbatible en maratón.

(De cómo la sonrisa se hizo con los ochomiles, el rappel y el Ironman es otra historia...)


Cuando la sonrisa corre escucha ESTO*

24.11.08

Dientes de Leche

Para Pato...alas de repuesto.


Pez Fruta es un niño con dientes de leche.

Es un niño que pregunta

¿te acuerdas de cuando era pequeño?

como si fuera muy grande…

Lo pregunta y sus ojos retroceden mucho en el tiempo

buscando un pasado remoto.

(Es que ya se extraña a sí mismo).

Pez Fruta tiene muchos nombres:

Pecesito, Peixi.

Brufi, Ratón.

Tristán, Floripondio.

(No me llames Floripondio…es un nombre roto).

Dice ordenador por pupitre,

taxi por aeropuerto,

Julai por Hawaii.

(Piensa que el viento es la música de los árboles).

Ve las cosas como son

porque lleva gafas mágicas

dentro del pecho.

(Los adultos llevamos un velo de niebla)

En una esquina de Madrid

encuentra a un hombre

que no tiene brazos.

Desde los hombros

brotan sus manos atrofiadas.

(Pide dinero, ayuda, compasión).

Pez Fruta le pregunta:

¿Eres un vampiro?

El hombre lo mira sorprendido.

Luego ríe y dice:

No. No soy un vampiro.

El niño contesta muy serio:

Entonces eres un ángel.

¿Te has caído?

¿Has puesto gasolina a las alas?

Él hombre responde de nuevo entre risas:

Sólo estoy descansando.

El Pez suelta:

Ah.

Yo también tengo alas.

Son de quita y pon.

Posa sus manos de pan tibio

sobre el muñón del hombre

que agradece la caricia

moviendo los dedos deformes

con la suavidad de las anémonas

bajo el mar.

(Es un saludo circense y triste).

El Pez Fruta se despide y sigue su camino.

(Beso sus yemas de luz).

Los transeúntes miran horrorizados.

Necesitan gafas de pecho
para disipar la neblina.

20.11.08

Lighthouse Tales



Para mi querida Alfaro...vos, voz y voces.*


1. Sea Urchin

Había una vez un erizo de mar

que vivía en el mar.

Siempre estaba ahí,

en el fondo,

esperando.

Un niño bajó

a preguntarle

si había visto un juego de llaves.

Negó con sus púas.

¿Conoces a la víbora de la mar?

Volvió a negar.

¿Qué comes?

Algas
, señaló.

El niño dijo guácala con los ojos

(detrás de la mascareta se vieron muy grandes)

y se fue hacia arriba moviendo las chapaletas.

Entonces volvió el silencio.

El erizo se movió suave sobre la arena

y escribió:

El mar es un olvido.

Luego se durmió.

Al despertar

era otro el nombre

y otro el sitio.

Se asomó a la ventana.

Las olas reventaban indecisas en la orilla.

Se hizo un café cargado

y recordó cuentos de payasos.

La lengua me sabe a Cernuda, pensó.

Miró de nuevo hacia afuera.

El Faro del Mar alumbraba.



* Pinchad. Leed a la poeta.

16.11.08

Juan

16. Al punto
Cuando Juan llegó a casa y desembaló los paquetes de carne que Gioia le había preparado, se encontró una sorpresa.
Al abrir uno de los envoltorios, vio que las hamburguesas tenían ojos y bocas sonrientes.
La carne molida tenía forma de corazón.
Las salchichas estaban dispuestas en el paquete en forma de letras.
(Decían Te amo).
Las milanesas de pollo estaban enrolladas como rosas.
Dentro del asado preparado para rellenar había caramelos de fuet.
(Gioia sabía que eran la perdición de Juan).
Juan se sentó en un taburete temblando.
Miró el pedido y pensó…esta vez sí, esta vez sí.
Barajó cómo actuar para no arruinar su cita con Gioia.
Una mujer capaz de rellenar un asado con caramelos de fuet no se puede perder.
Lo primero: No hablar. ¿Cómo hacer? No pondré aperitivos. No pondré vino. ¿Y la comida? ¿qué poner? Algo que no estimule el habla y que la haga sentir cómoda….

Abrió los cajones de la cocina.
No había cubiertos, no había platos, no había vasos.
Miró el calendario de la pared. Viernes. El reloj decía cuatro de la tarde. Tenía algo de tiempo.
Hundió el dedo en el corazón de carne molida y escribió te recojo a la salida.
Lo metió en el horno diez minutos para asegurarse de que las letras en bajo relieve no se deformaran, lo envolvió en film trasparente y se fue a la parada de bus, para esperar el 11.
El bus llegó con puntualidad. Subió con algo de miedo. Sólo había dos pasajeros.
Una chica a la que reconoció como su escritora de cabecera.
(Simona le había prohibido que la leyera pero él hizo caso omiso a la psiquiatra).
Le pareció extraño verla allí.
Sabía que jamás había subido a un bus.
Lo había dicho en una entrevista en la tele.
La escritora, que firmaba sus novelas sólo con las siglas de su nombre y apellido, era fóbica.
Tenía miedo a las personas, miedo a los espacios abiertos, miedo al transporte público, miedo a las plantas de plástico, miedo a la comida procesada….su cadena fóbica era infinita.
A partir de ella escribía sus novelas y libros de cuentos.
M.E.C sudaba frío.
Juan supuso que su próximo libro trataría de buses.
En el asiento trasero un hombre cantaba una canción de Lou Reed y hacía fotos con el móvil.
Sonrió alegre al comprobar que falso muerto fantasma no había cogido el bus.
Bajó en la parada de la carnicería.
Entró.
Se saltó la fila de los clientes.
Se plantó delante de Gioia y sin darle tiempo a reaccionar, la tomó de la barbilla, le clavó un beso en la boca y le entregó el corazón de carne molida.
Gioia leyó.
Dijo Sí, Juan. Te amo. No vengas. Estaré en tu casa a las 10.
Lo dijo sin tropezar, pronunciando cada letra con suavidad.
El público estalló en aplausos que cesaron cuando Juan y su sombra cayeron al suelo de la Carnicería Pescara.
El último de la fila gritó ¡que se ha desmayado el gordo! mientras le abanaba la cara con las ofertas del día.
Gioia salió del mostrador, se arrodilló y acarició los rizos de Juan.
(Santo remedio).
Abrió los ojos, se incorporó y dijo: Era un truco. Sólo quería sentir tus manos.
Gioia volvió al mostrador y Juan se fue entre aplausos, lanzando besos y haciendo la V de la victoria con los dedos.

En la parada del bus decidió volver a casa.
Compraría lo que le hiciera falta por teléfono.
Necesitaba relajarse, ponerse a tono, trabajar la angustia, doblegar los nervios.
Gioia llegó puntual.
Al salir del ascensor encontró en la puerta del piso de Juan una nota:

Adelante, cariño. La puerta está abierta. Ponte cómoda.

Entró y pasó al salón.
Todo estaba a media luz y sonaba Le stagioni del nostro amore de Battiato.
Juan gritó desde algún lugar: Gioia, pasa al comedor, enseguida estoy contigo.
Pasó al comedor.
La mesa era larga.
En ella habría puesto para doce comensales.
Sin embargo sólo había dos sillas.
En la mitad de la mesa un jarrón de cristal con las rosas de pollo.
Juan las había pasado ligeramente por la plancha.
(Lo justo para que los bordes tomaran algo de color).
Juan hizo acto de presencia.
Entró en el comedor caminando con paso orondo.
Lentamente se acercó a su amada y con delicadeza tomó su mano y la besó.
Estrenaba traje sabana para la ocasión.
Con siete kilos de fiambres de la mejor calidad se hizo una túnica de gala.
Dio una vuelta graciosa para que Gioia no perdiera detalle de su vestido.
Una vez que completó los 360 grados, hizo un puchero sexy, cogió su saya charcutera por los bajos, la levantó y se deshizo de ella, dejando toda su orografía expuesta ante los ojos asombrados de Gioia.

Juan movió la túnica como si fuera un capote, cubrió la mesa con ella, tomó una rosa de pollo, la colocó entre sus dientes, se acostó sobre la mesa y con una pose propia de modelo de Playgirl le dijo:

Soy la cena. Estoy al punto. Cómeme.

Esta vez fue Gioia la que se desmayó.

Y no era un truco.
A los del servicio de emergencia les costó reanimarla.

No atinaban a ponerle la máscara de oxigeno.

(Se partían de risa).

Juan, como no, lloraba.

11.11.08

Crónicas Tristes V


Tengo una foto del viejo Báez entre mis dedos.
Formaba parte del paisaje.
Casi era roca también.
Bajabas muy temprano hacia el pueblo y él estaba allí, sentado, callado inmóvil…era una piedra en la tapia.
Subías del pueblo y allí seguía.
La primera vez que lo vi me asustó.
Nunca había visto a alguien tan viejo.
Si Tino lo veía, apretaba el paso.
Parecía un escoba.
Tieso, mirando de frente.
- Camina rápido, boba, no lo mires.
Yo lo miraba por el rabito del ojo.
Una vez Tino se dio cuenta y me dio un pellizco.
El viejo Báez. Tapia, bastón, saco y sombrero.
- ¿Qué guarda en el saco, Tino?…
- Carbón para asar gatos.

Tino miró como gato y lanzó una piedra.
Me cogió de la mano, más bien me arrastró.

- Mira, boba, mira...
Un látigo plateado saltaba, bailaba.
Cola de lagartija.

Una crónica más…perdón, una anécdota.

7.11.08

Crónicas Tristes III y IV

Imagen: Celicia Levy. Misty Morning. Flickr.





III


La gente de la isla tiene costumbres extrañas.
Como todos tenemos costumbres extrañas.
Si alguien hace algo diferente a cómo yo lo hago, me parece extraño.

Cuando yo era pequeña la gente me decía - niña, hablas extraño.
Otros pensaban - esta niña es extraña.
Para entonces yo no me sentía extraña.
En consecuencia no tenía problemas conmigo misma.
Pero en la medida en que uno va creciendo junto al sin fin de cosas que integran la vida comienza un viaje hacia lo extraño.
Es inevitable.
Y aún más inevitable es extrañarse de uno mismo dentro de ese abismo frenético,
dentro de esa vorágine de cosas que se mueven en la gama de lo bueno y lo malo.
En la casa tu madre te dice lo que es bueno y lo que es malo.
En el colegio las monjas te dicen lo que es bueno y lo que es malo.
Tus amigos te dicen lo que es bueno y lo que es malo.
La tele te dice lo que es bueno y lo que es malo.
Normalmente los “buenos” de algunos no coinciden con los “buenos” de otros.
Lo mismo sucede con los “malos”.
Es ahí cuando decides que te llegó la hora a ti también de decidir, convencer y sermonear acerca de lo “bueno” y lo “malo”.
Y cuando te das cuenta has pasado muchos años, muchas mañanas, noches, domingos, libros, programas, amigos, misas y confesiones, discutiendo, decidiendo y cambiando lo que es bueno y lo que es malo.

Y entonces ya no te extrañas de ti misma.
Simplemente te extrañas a ti.



..........................




IV

La gente de la isla no se extraña de sí misma.

Tampoco se extrañan a ellos.

Esto por varias razones.

Especialmente porque nunca salen de sí.

Yo crecí rodeada de gente de la isla.

Para mí siempre fue fácil saber quién era isleño.

En primer lugar por el físico.

Casi todos son iguales.

Son altos, curtidos y tienen las manos grandes.

Todos tienen la misma cadencia al hablar.

Hablan como quien arrastra los zapatos pero odian que uno arrastre los pies.

(Ellos a veces lo hacen).

Casi todos trabajan mucho (siempre hay una que otra oveja negra) y por su familia lo dan todo.

La mayoría se casó temprano.

Claro que los isleños también se diferencian entre ellos.

Para esto hay varios criterios, así cómo los hay para lo bueno y lo malo.

Por ejemplo, uno de los aspectos que marca la diferencia es la zona de origen.

Si eres del norte eres borrico, tonto e ingenuo, y por ello, punto de partida de muchos chistes populares.

Si eres del sur eres dicharachero, fiestero y mujeriego.

Los del centro son muy conservadores pero tienen una gran habilidad para engañar.

(También para los negocios).

Los que viven en el área montañosa son como niños pero además hacen un buen queso.

Todos los isleños cuentan chistes. Chistes picantes.

Las mujeres cambian según la generación a la que pertenezcan.

Si son abuelas o bisabuelas, es decir, las que pertenecen a la última guerra civil, están vestidas de negro de pies a cabeza, desde que se les murió el primer deudo, no importa que fuese el primo décimo tercero que nunca conocieron.

Eso les añade veinte años más a los que realmente tienen.

Todas se visten igual.

En la cabeza una pañoleta negra que cubre el cabello y se ata al cuello.

El vestido negro está acompañado por medias opacas negras y zapatillas del mismo color.

Tino dice que cuando las abuelas bajan al mercado del pueblo para comprar verdura fresca parecen hormigas.

Sí, porque igual que las hormigas, se paran momentáneamente cuando se encuentran de frente, se reconocen y siguen su camino.

Si están peleadas hacen lo mismo, sólo que en lugar de mirarse a los ojos (o chocar antenas) se detienen para mirar la carga ajena y chasquear la lengua.

Estas abuelas y bisabuelas bélicas, además de hormigas, parecen peras amorfas porque debajo del vestido llevan al menos siete fondos (también negros).

Esto las hace más gordas de lo que son en realidad y cuando vienen del mercado, con una bolsa repleta a cada lado, de la cintura hacia arriba son delgadas y de la cintura hacia bajo son gordísimas.

La impresión que da es que alguien les hubiera puesto un lente de aumento en las caderas.

Las isleñas de la montaña son blancas, muy blancas, tienen las caderas ancha y el cabello negro y un vello igual de negro y abundante, especialmente en los brazos y en el bigote.

Algunas son gordas y risueñas.

Las isleñas de la costa son cetrinas, elásticas y delgadas.

Y desconfiadas.

Todas las mujeres de la isla tienen gustos similares.

Les gusta mucho el oro.

Pero no las joyas rotundas y majestuosas.

Les gusta el trabajo delicado, casi artesanal.

Una bonita medalla de la Virgen o de un niño Jesús regordete rodeado de palomitas.

(Essúminiiiño…)

Adoran el trabajo de orfebrería, el tejido de la joya preferiblemente de cadeneta, igual al que ellas hacen de crochet.

Usan pulseras y anillos.

Mejor si tienen piedras, sobre todo si se trata de granate.

Las mujeres de la guerra no usan joyas porque están de luto pero sus hijas sí.

Las hijas de las mujeres de la guerra son las mujeres del dictador.

Con cada generación el luto se rebaja un grado, dependiendo del carácter de la persona y de su posición social, así que algunas llevan medio luto y otras no lo llevan.

Todas usan joyas y perfumes con aroma a flores de lavanda, de rosas o de jazmín.

A mí me olían a piña de pino...

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